KEITH SANTANDER PANIAGUA . Su casa, mi casa

Ahora tengo veinte años y estoy a 3,325 kilómetros de la casa de mis papás. Vine a Madison, Wisconsin, a estudiar mi carrera y extrañar se ha vuelto parte de mi día a día. Entre todo ese anhelo me viene mucho a la mente la casa donde crecí, no en la que viví. La casa de mis abuelitos ha cambiado drásticamente en todos los años que la he conocido; paredes, pisos y decoraciones que vienen y van. Pero el olor es el mismo, el piso es el de siempre, y mis memorias siempre van a regresar a esos sedimentos.

Su casa, mi casa

Cuando era pequeña lamentaba no poder convivir con mis papás todos los días por sus trabajos. En su lugar, solía pasar la mayor parte de mis tiempos libres en casa de mis abuelitos. Mis días consistían en extrañar a mis papás y tratar de distraerme con juegos, historias y películas. Siempre había algo nuevo que hacer y mis abuelitos siempre apoyaron todos mis caprichos. Soy afortunada. Soy muy afortunada de haber tenido otra figura paterna y materna en mi vida que me quisieron recibir con un amor infinito en su casa.

Ahora tengo veinte años y estoy a 3,325 kilómetros de la casa de mis papás. Vine a Madison, Wisconsin, a estudiar mi carrera y extrañar se ha vuelto parte de mi día a día. Entre todo ese anhelo me viene mucho a la mente la casa donde crecí, no en la que viví. La casa de mis abuelitos ha cambiado drásticamente en todos los años que la he conocido; paredes, pisos y decoraciones que vienen y van. Pero el olor es el mismo, el piso es el de siempre, y mis memorias siempre van a regresar a esos sedimentos.

Regresé a esa casa una última vez antes de irme a la universidad, y mis abuelitos no estaban. Esas personas que escucharon mis primeras palabras y conocen al nahual que lleva mi nombre de nacimiento dejaron todo preparado para no volver en tres meses a su casa para irse a España. Los que pudieron materializar sus personalidades y amor en las decoraciones de una casa. Las personas que tengo el honor de llamar mis abuelitos. Pero se sienten en una cama vacía cubierta con una sábana blanca. Se sienten en el reloj del estudio de mi abuelito. En las plantas de mi abuelita. En la foto de su boda. En las flores que posan frente al tocador de mi abuelita. En el espejo del altar a mi bisabuelito. En las fotos de que guarda mi abuelito de nosotros. En el collar con mi nombre que me regalaron antes de irse. En la silla de trabajo de mi abuelita cuando la luz entra por su ventana. Y en la sombra del cuerpo de mi abuelito. Los siento conmigo cada que visito su casa, y estas fotos me ayudan a traerlos conmigo a un simple dormitorio universitario.

Soy fotógrafa porque guardo y poseo lo que veo; me gusta condensar la vida. Le doy un espacio de admiración a los detalles minúsculos o encapsulo el majestuoso “todo”. Busco colores o figuras que encajen o sean extraños, que posen placer o preguntas, y que extiendan emociones o pensamientos. La ambigüedad está muy presente en mi trabajo: nada es una respuesta directa. No me importa que me entiendan; me importa que vean.

NOTAS: