Ciudad de México, 1965. Ingeniería en electrónica y de comunicaciones, Universisad Iberoamericana, CDMX, 85-89. Maestría en Telecomunicaciones y Sistemas de Información, Universidad Essex, Reino Unido, 94-95. Tras casi tres décadas en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Edgar Ortiz Loyola Rivera Melo concluyó su etapa como académico de tiempo completo al cierre de 2025. Durante ese periodo diseñó e impulsó la Maestría en Gestión de la Innovación Tecnológica (2012), participó en la creación de programas de ingeniería como la Ingeniería en Ciencia de Datos (2023) y desarrolló laboratorios y metodologías centradas en la programación basada en paradigmas para fortalecer el pensamiento crítico, la autonomía y el desarrollo profesional de los estudiantes desde 1996. A partir de 2026 iniciará una nueva fase profesional vinculada, entre otras cosas, a la práctica fotográfica -principalmente paisaje, fauna y macro- entendida como una forma de memoria expandida: registro de la experiencia personal, huella visual de lo irrepetible, continuidad de una mirada formada en la observación académica y espacio donde la imagen invita a otros a activar sus propios recuerdos. Su trabajo actual busca explorar esa memoria como puente entre percepción, tiempo y presencia en el mundo natural, manteniendo una línea continua con su vocación por observar, comprender y crear significado. Su relación con la fotografía se ha formado de manera continua a lo largo de los años, en diálogo interno con su interés por la naturaleza y la experiencia de caminar, observar y detenerse en lo que a menudo pasa desapercibido. Ha aprendido principalmente a partir de la práctica constante, la experimentación intencional y la mirada atenta a la obra de otros fotógrafos, más que a través de una formación formal. Este camino personal encontró un cauce público gracias al impulso y acompañamiento de Irlanda Orrostieta Díaz y Octavio Acevedo, quienes lo animaron a presentar su trabajo en dos exposiciones colectivas: Trayectorias, en el Deportivo Mundet, (2024) y Divergentes (2025), presentada en el espacio estudio ubicado en la calle de Taine, en Polanco, ambas en la Ciudad de México. Su confianza abrió un espacio donde pudo compartir su mirada y descubrir la resonancia que la imagen puede tener en otros.
SEMBLANZA
Edgar Ortiz Loyola
La fotografía ha estado presente en mi vida desde temprana edad, inicialmente como un interés que observaba en mi padre. Él disfrutaba tanto de tomar fotografías como de revelar en cuarto oscuro, una práctica que siempre me llamó la atención y que marcó mi primer acercamiento al medio. Aunque mi fotografía hoy es digital y aún no he desarrollado plenamente competencias en postprocesamiento, ese vínculo inicial sigue siendo parte del origen de mi relación con la imagen.
Mi gusto por la fotografía se consolidó durante un periodo sabático en Nueva Zelanda, en el que las caminatas por el campo, la montaña y la costa se convirtieron en momentos de introspección profunda. La fotografía, en ese contexto, se transformó en una herramienta de mindfulness y presencia absoluta: un espacio para observar con detenimiento, para reconocer mis emociones y para encontrar calma en lo cotidiano. Desde entonces, la cámara me acompaña como un instrumento que me permite explorar una dualidad personal: la claridad que muestro externamente y el misterio que prefiero mantener en silencio. Esa dualidad -claridad vs. misterio- atraviesa muchas de mis imágenes, especialmente las que surgen de mi fascinación por las sombras, los tonos oscuros, y las atmósferas de bajo contraste.
Mi práctica ha sido fundamentalmente autodidacta. He aprendido a través del ensayo y error, de la observación de otros fotógrafos, y de pequeños descubrimientos técnicos que realizo mientras fotografío. Me atraen especialmente la fotografía macro, los paisajes y los animales, todos ellos espacios donde convergen lo emocional y lo técnico. Valoro configurar escenas o buscar momentos en los que la emoción sea el eje del encuadre, más allá de la perfección formal.
Esta serie de bodegones nace de un interés particular por objetos que cargan significado simbólico: cámaras analógicas, rollos, diapositivas, lupas, relojes de bolsillo, velas y otros elementos asociados al memento mori y al amor fati. Me interesa generar un sentimiento de añoranza y, al mismo tiempo, abrir un espacio para recordar que todo es finito. Mis bodegones representan, en primer lugar, un homenaje a lo que ya no está -no solo personas u objetos, sino etapas de vida y versiones de uno mismo-. Al mismo tiempo, funcionan como una meditación sobre lo que permanece: la memoria, la intención y aquello que decidimos conservar o iluminar.
Una influencia reciente de mi aproximación conceptual ha sido el trabajo y las ideas de Peter Fritz, particularmente su visión de la fotografía como una práctica que nos aleja de la rutina y nos invita a vivir con mayor intención. Coincido con su afirmación de que nuestra obligación mas profunda es vivir de manera auténtica, reconocer la vida como un regalo y perseguir aquello que realmente importa. La fotografía desde esa perspectiva, se convierte para mí en un acto deliberado de atención y de honestidad: una forma de documentar mis propios procesos internos sin la necesidad de decirlos explícitamente. Quien observa la imagen puede interpretar, completar o reconstruir el misterio que yo sugiero.
Hoy la fotografía ocupa un lugar renovado en mi vida. Si antes fue compañía, exploración y presencia, ahora comienza también a ser un medio de autoconocimiento profundo y una práctica narrativa. Aspiro a desarrollar proyectos más orientados a la documentación y al storytelling visual, así como a fortalecer la parte técnica que aún me falta dominar. Sin embargo, lo que permanece constante es mi búsqueda por capturar aquello que revela, en silencio, algo esencial: la luz y la sombra que habitan en mí.
